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Japón, Mediterráneo, Marruecos, México y Escandinavia. Cargadas de matices y reinterpretaciones modernas, nutren los lenguajes que entran en los muebles, objetos y decoración del hogar.

Villa Cardo

Este es el nombre de esta hermosa casa de vacaciones situada en la región de Apulia. Diseñado por el arquitecto Andrew Trotter, su estructura se inspira en la arquitectura del sur de Italia y es un remanso de paz y tranquilidad entre cactus y olivos. No hay mejor ejemplo para hablar de una arquitectura puramente mediterránea.

Japón

Es impensable aprender el estilo japonés de una sola vez. De hecho, la “violencia gratuita” de un golpe es impensable en los espacios que lo simbolizan: los templados y refinados pabellones de té, con sus aleros como grandes parasoles. Las lacas rojas de los interiores japoneses son un preámbulo a las sombras, la capa aterciopelada del entorno oscuro en el que viven. El estilo está en los reflejos de las lacas: profundos charcos de luz que brillan en la oscuridad. Está en el sabor de lo aburrido, en los objetos de valor (escondidos, en vez de expuestos) llevados por la caricia de un largo uso.

Mediterráneo

De este Mediterráneo sólo ha quedado esta “silla de la memoria”, escribió el poeta y editor Carlos Barral, que pasaba los veranos entre su barco y su casa (blanca, con rayas azules), en un pueblo de pescadores de la Costa Brava. ¿Sólo existe el recuerdo del Mediterráneo, o todavía existe, más allá de su fetiche turístico? Recuerdos de una forma de vivir el aire y el mar como ninguna otra. Ese Sorolla atrapado en su luz y sus sombras rayadas en la arena. Los paraguas de Sorolla resumen la afabilidad de un Mediterráneo perdido. Pero las pequeñas casas apiladas en los acantilados persisten, de un blanco absoluto que no lo ciega: despierta. Desde el rojo fenicio de las macetas hasta la higuera del patio encalado, el Mediterráneo perdura como una idea esencial.

Marruecos

Borracho con té de menta, deslumbrado por la luz de Tánger y aturdido por los aromas del mercado (a un tiro de piedra de la terraza, donde veía pasar bellas prendas de vestir y dibujar), el pintor francés Delacroix llenó sus cuadernos. Bocetos y pinturas que descubrieron un universo intramuros, con arcadas, patios y jardines, marquesinas y enrejados, utensilios de bronce y esa fascinante geometría entrelazada y multicolor de tapices, alfombras, azulejos, vajillas. Colores tan brillantes como la fruta, expuestos a una luz brillante o en capas de tonos púrpura.

México

Cuántos artistas de la mitad del mundo se han sentido atraídos por la cultura mexicana que se ríe de las calaveras (como las danzas de esqueletos grabadas por José Guadalupe Posada) y se baña en los colores del sol. Pero fue Luis Barragán quien trajo esta “rueda de fuego” (como dijo un inglés), que es la herencia popular mexicana a la mayoría de la arquitectura moderna. “Mira”, dijo, “el color de nuestros dulces, la belleza de un gallo…”. Los llevó a sus planes sólidos y transparentes, el vidrio tiñendo un pasillo amarillo, el rosa oscuro en un bloque de hormigón desnudo. Como un coloso, vierte una cultura antigua en recipientes puros, una modernidad que se alimenta de la emoción y la contiene. Mientras tanto, en la casa azul de la pintora Frida Kahlo, la apasionada mujer mexicana erizada de surrealismo.

Escandinavia

“El estilo escandinavo es un tazón de madera lleno de leche”. Con esta metáfora íntima, un diseñador sueco se refería a la combinación de la madera con la laca blanca: recuerden el carrito de té que Alvar Aalto diseñó en madera de abedul, cerámica y ruedas lacadas. Una extensión conceptual del tazón lleno de leche: la función y la simplicidad de los objetos domésticos. La serena belleza de los interiores nórdicos, que el pintor danés Hammershoi ha llevado a una misteriosa perfección: las gruesas puertas y ventanas de madera blanca, el suelo gris, la luz del bosque. A veces agrega un tazón, una silla, una mesa, un piano. El vacío del espacio crea la profundidad que el genio escandinavo atribuía al hábitat humano, provisto de poco, útil y bello. En el cuadro, el interior del Museo de Luisiana en Copenhague.

El mundo que percibimos, natural o virtualmente, se ha vuelto ilimitado y cerrado. Las imágenes que lo representan se han multiplicado con un frenesí que nos estimula y a la vez nos marea. La globalización está ganando elogios y también dudas o, al menos, antídotos que buscan respuestas en la raíz. Viajes a las esencias de cada cultura, rescatando las semillas que germinaron hace mucho tiempo, pero que siguen dando hermosos frutos para el arte y la arquitectura moderna. Semillas que aún están ahí, como la diosa griega del grano, listas para renovar el ciclo. Beber de nuevo en un cuenco de madera escandinavo, entrar en la casa policroma de Luis Barragán o en un patio mediterráneo blanco y azul, aspirar al azafrán de Marruecos, admirar el lacre rojo japonés. La tradición, vista con ojos francos, nunca perderá su validez.

Faustine

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